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Escala 221

221 La vivienda es la unidad fundamental a partir de la cual se construye la ciudad. Históricamente los desarrollos residenciales determinan la morfología de las ciudades; mientras se construyen y consolidan áreas residenciales se teje la red urbana de equipamientos e infraestructuras de comercio, servicios y educación que acompañan la vida diaria de los ciudadanos.

Agrupar la vivienda ha sido un tema recurrente, respuesta inicial de la arquitectura ante la escala funcional y de significado de la vida en comunidad. Como un reflejo de las opciones de vida de sus habitantes, la ciudad toma forma en sus agrupaciones que, dependiendo de su escala y de las ideologías que su arquitectura y urbanismo materializan, pueden conectar, articular o reforzar el tejido urbano pero, paradójicamente, también pueden romper, fragmentar y disgregar la ciudad.

En este sentido, podemos distinguir dinámicas urbanas que se basan en la agrupación como forma de entender que la concentración de la vivienda demanda al arquitecto valorar nociones que giran en torno al tejido de comunidad, espacio, cultura y sociedad, de otros procesos en los que la vivienda unifamiliar se concentra en conjuntos que tan sólo tienen en común consideraciones prediales, de uniformidad formal o constructiva, servicios y oportunidades de carácter administrativo para quienes pueden acceder a ellos, pero que no tienen relación alguna con su contexto, con la ciudad. Estos últimos favorecen las diferencias económicas, de oportunidades y de acceso a servicios, fomentando la aparición y conformación de guetos que fracturan la estructura socio espacial de la ciudad.

La producción en serie de conjuntos cerrados, presionada por intereses inmobiliarios, refleja un modelo de desarrollo urbano que ha permitido la generación de espacios segregados de las tramas urbanas, diseminando aún más la forma extendida de las urbes de nuestro continente. Esta tipología se ha propagado por el territorio convirtiendo la ciudad en un cúmulo de islas que hoy nos resultan hostiles. Es sin duda el territorio del conflicto social.

Sin embargo, la crisis de sustentabilidad en la que se haya enmarcado el quehacer urbano de nuestro siglo demanda respuestas diferentes de quienes planifican la ciudad. Dadas las marcadas diferencias sociales, espaciales, culturales y de ingresos entre los habitantes de la metrópoli de este inicio de siglo, el urbanismo contemporáneo ha encontrado en el espacio público y los equipamientos una forma de fomentar la transformación urbana, abonando a la deuda que nuestra ciudad guarda con los más pobres. Podemos señalar la abundante producción en ese sentido como muestra del interés por la protección de grupos vulnerables y la búsqueda de una cohesión social que permita, como estrategia, garantizar una vida segura con niveles de bienestar adecuados para todos los ciudadanos, generando arquitectura y urbanismo de mediación entre los intereses comunes y los privados.

Los proyectos que presentamos, lejos de tener una línea formal vinculante, se caracterizan por su escala, agrupaciones de baja densidad donde el ejercicio del diseño explora las relaciones entre la vida en sociedad y la vida familiar, ya sea por la atención al carácter grupal de la vida vecinal o por ignorarla decididamente. En medio de un paisaje residencial que va de la diseminación de casas suburbanas, exentas, a la densificación extrema producto de la especulación inmobiliaria, podemos ejemplificar con estas agrupaciones escenarios en los que entran en juego la tensión entre lo privado y lo social, entre el sentido de pertenencia a una comunidad y la necesidad de un espacio para el desarrollo de inquietudes individuales.

Entre la casa unifamiliar y aquellos inmensos conjuntos que se presentan como una ciudad dentro de la ciudad, creemos en la formulación de proyectos que evidencien el ideal de generar una vida en comunidad, más cercana, pero sin perder la idea de salvaguarda a la privacidad como expresión de dicha individualidad. Sin embargo, en una marcada polaridad con esta perspectiva, nuestras ciudades se construyen cada vez más a partir de conjuntos que se presentan como núcleos dispersos e independientes, propuestas arquitectónicas de baja densidad que continúan con el desarrollo horizontal de nuestras urbes, un perfil de planicie que extiende aceleradamente la periferia urbana sobre el territorio.

Si bien los conjuntos de viviendas en alta densidad podrían convertirse en una estrategia de cambio para la escala general de la ciudad y sus dinámicas medioambientales, de momento el modelo predominante es el de los conjuntos residenciales a las afueras de la ciudad, desarrollos que ignoran el costo que supone dotar de servicios e infraestructuras terrenos en los bordes externos de nuestras superpobladas urbes, que omiten mencionar su alto impacto sobre el frágil ecosistema que aún logra sobrevivir a nuestras ciudades. Conjuntos donde cada casa cuenta con amplias zonas verdes privadas pero apenas si promueve el sentido de sociedad, casas pareadas - es imposible hablar de criterios de agrupación - con áreas comunales subutilizadas o inexistentes. Mientras las tierras aptas para desarrollos agrícolas o ambientales desaparecen, se urbanizan, el ideal del suburbio tipo americano cobra más fuerza en el imaginario colectivo como prototipo de calidad de vida e imagen de prosperidad.

En este panorama es innegable la responsabilidad de arquitectos y urbanistas como promotores de la urbe contemporánea, a la vez que es evidente la falta de control y reglamentaciones adecuadas por parte de las instituciones del Estado. Si bien sería francamente absurdo pedir que la solución a todos los problemas de la ecología urbana provenga de la arquitectura, es obvio que en este apartado oferta y demanda inmobiliaria fraguan el futuro de nuestro desarrollo.

Con la desconfianza y el temor como la característica principal de las relaciones ciudadanas, las agrupaciones de vivienda deberían ser ejercicios con un fuerte compromiso por lograr lo social, ese tejido fundamental para la ciudad, donde el diálogo entre los habitantes vuelva a tener importancia, donde el diseño facilite esa relación potencial de manera natural, no obligada.

Estos conjuntos residenciales, cada uno a su manera, nos presentan ejercicios formales y obras de gran interés visual, desarrollados a partir de conceptos que van desde la comunión íntima-familiar, pasando por las relaciones artista-comunidad en ateliers contemporáneos, hasta las piezas individuales que comparten un lote pero que encuentran en el paisaje lejano su razón de ser. Obras arquitectónicas que proponen modos de habitar tan diferentes como válidos. Radicales en su concepción de vecindario - bien sea que se integren o se cierren a su entorno - plantean soluciones para que sus habitantes se acerquen a esa ciudad en la que habitan, trabajan, circulan, se recrean, pero en particular, sueñan.

Redacción Escala.

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Revista ESCALA 221 CASAS. BAJA DENSIDAD, muy pronto en circulación. Una edición dedicada a las agrupaciones de vivienda de pequeña escala. La selección de proyectos, reúne propuestas de diferentes países de Latinoamérica acompañados por artículos en torno a los temas de la ciudad, la influencia de nuevas tecnologías en el hábitat humano y una aproximación a nuevos modelos de agrupación. Además de secciones como ACADEMIA, dedicada a los trabajos de grado más destacados en diferentes facultades de arquitectura y la sección EnProceso, que en esta ocasión, reseña la obra de un joven arquitecto, Nicolás Campodónico, que ha desarrollado su obra entre Uruguay y Argentina.

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Escala 221 - Opinion

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La vivienda es la unidad fundamental a partir de la cual se construye la ciudad. Históricamente los desarrollos residenciales determinan la morfología de las ciudades; mientras se construyen y consolidan áreas residenciales se teje la red urbana de equipamientos e infraestructuras de comercio, servicios y educación que acompañan la vida diaria de los ciudadanos.

Agrupar la vivienda ha sido un tema recurrente, respuesta inicial de la arquitectura ante la escala funcional y de significado de la vida en comunidad. Como un reflejo de las opciones de vida de sus habitantes, la ciudad toma forma en sus agrupaciones que, dependiendo de su escala y de las ideologías que su arquitectura y urbanismo materializan, pueden conectar, articular o reforzar el tejido urbano pero, paradójicamente, también pueden romper, fragmentar y disgregar la ciudad.

En este sentido, podemos distinguir dinámicas urbanas que se basan en la agrupación como forma de entender que la concentración de la vivienda demanda al arquitecto valorar nociones que giran en torno al tejido de comunidad, espacio, cultura y sociedad, de otros procesos en los que la vivienda unifamiliar se concentra en conjuntos que tan sólo tienen en común consideraciones prediales, de uniformidad formal o constructiva, servicios y oportunidades de carácter administrativo para quienes pueden acceder a ellos, pero que no tienen relación alguna con su contexto, con la ciudad. Estos últimos favorecen las diferencias económicas, de oportunidades y de acceso a servicios, fomentando la aparición y conformación de guetos que fracturan la estructura socio espacial de la ciudad.

La producción en serie de conjuntos cerrados, presionada por intereses inmobiliarios, refleja un modelo de desarrollo urbano que ha permitido la generación de espacios segregados de las tramas urbanas, diseminando aún más la forma extendida de las urbes de nuestro continente. Esta tipología se ha propagado por el territorio convirtiendo la ciudad en un cúmulo de islas que hoy nos resultan hostiles. Es sin duda el territorio del conflicto social.

Sin embargo, la crisis de sustentabilidad en la que se haya enmarcado el quehacer urbano de nuestro siglo demanda respuestas diferentes de quienes planifican la ciudad. Dadas las marcadas diferencias sociales, espaciales, culturales y de ingresos entre los habitantes de la metrópoli de este inicio de siglo, el urbanismo contemporáneo ha encontrado en el espacio público y los equipamientos una forma de fomentar la transformación urbana, abonando a la deuda que nuestra ciudad guarda con los más pobres. Podemos señalar la abundante producción en ese sentido como muestra del interés por la protección de grupos vulnerables y la búsqueda de una cohesión social que permita, como estrategia, garantizar una vida segura con niveles de bienestar adecuados para todos los ciudadanos, generando arquitectura y urbanismo de mediación entre los intereses comunes y los privados.

Los proyectos que presentamos, lejos de tener una línea formal vinculante, se caracterizan por su escala, agrupaciones de baja densidad donde el ejercicio del diseño explora las relaciones entre la vida en sociedad y la vida familiar, ya sea por la atención al carácter grupal de la vida vecinal o por ignorarla decididamente. En medio de un paisaje residencial que va de la diseminación de casas suburbanas, exentas, a la densificación extrema producto de la especulación inmobiliaria, podemos ejemplificar con estas agrupaciones escenarios en los que entran en juego la tensión entre lo privado y lo social, entre el sentido de pertenencia a una comunidad y la necesidad de un espacio para el desarrollo de inquietudes individuales.

Entre la casa unifamiliar y aquellos inmensos conjuntos que se presentan como una ciudad dentro de la ciudad, creemos en la formulación de proyectos que evidencien el ideal de generar una vida en comunidad, más cercana, pero sin perder la idea de salvaguarda a la privacidad como expresión de dicha individualidad. Sin embargo, en una marcada polaridad con esta perspectiva, nuestras ciudades se construyen cada vez más a partir de conjuntos que se presentan como núcleos dispersos e independientes, propuestas arquitectónicas de baja densidad que continúan con el desarrollo horizontal de nuestras urbes, un perfil de planicie que extiende aceleradamente la periferia urbana sobre el territorio.

Si bien los conjuntos de viviendas en alta densidad podrían convertirse en una estrategia de cambio para la escala general de la ciudad y sus dinámicas medioambientales, de momento el modelo predominante es el de los conjuntos residenciales a las afueras de la ciudad, desarrollos que ignoran el costo que supone dotar de servicios e infraestructuras terrenos en los bordes externos de nuestras superpobladas urbes, que omiten mencionar su alto impacto sobre el frágil ecosistema que aún logra sobrevivir a nuestras ciudades. Conjuntos donde cada casa cuenta con amplias zonas verdes privadas pero apenas si promueve el sentido de sociedad, casas pareadas - es imposible hablar de criterios de agrupación - con áreas comunales subutilizadas o inexistentes. Mientras las tierras aptas para desarrollos agrícolas o ambientales desaparecen, se urbanizan, el ideal del suburbio tipo americano cobra más fuerza en el imaginario colectivo como prototipo de calidad de vida e imagen de prosperidad.

En este panorama es innegable la responsabilidad de arquitectos y urbanistas como promotores de la urbe contemporánea, a la vez que es evidente la falta de control y reglamentaciones adecuadas por parte de las instituciones del Estado. Si bien sería francamente absurdo pedir que la solución a todos los problemas de la ecología urbana provenga de la arquitectura, es obvio que en este apartado oferta y demanda inmobiliaria fraguan el futuro de nuestro desarrollo.

Con la desconfianza y el temor como la característica principal de las relaciones ciudadanas, las agrupaciones de vivienda deberían ser ejercicios con un fuerte compromiso por lograr lo social, ese tejido fundamental para la ciudad, donde el diálogo entre los habitantes vuelva a tener importancia, donde el diseño facilite esa relación potencial de manera natural, no obligada.

Estos conjuntos residenciales, cada uno a su manera, nos presentan ejercicios formales y obras de gran interés visual, desarrollados a partir de conceptos que van desde la comunión íntima-familiar, pasando por las relaciones artista-comunidad en ateliers contemporáneos, hasta las piezas individuales que comparten un lote pero que encuentran en el paisaje lejano su razón de ser. Obras arquitectónicas que proponen modos de habitar tan diferentes como válidos. Radicales en su concepción de vecindario - bien sea que se integren o se cierren a su entorno - plantean soluciones para que sus habitantes se acerquen a esa ciudad en la que habitan, trabajan, circulan, se recrean, pero en particular, sueñan.

Redacción Escala.

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